de la serie: Cuentos de Navidad
Desde el primer alijo perpetrado, el "regidor de la villa" comprendió que el "hotmoney" era todo alivio, candor, gozo y fortaleza.
Pero además de todo eso y mucho más, el "hotmoney" había encendido en su pecho una viva llama desconocida, una llama que le abrasaba materialmente el rostro cuando alguien nombraba el "hotmoney" en su presencia.
Eso constituía en él algo insólito, algo que rompía, el hasta ahora, despreocupado e independiente curso de su vida.
El mesías del "hotmoney" aceptó este fenómeno con la resignación con la que se aceptan las cosas ineludibles.
No podía evitar acordarse del "hotmoney" todas las noches al acostarse, días normales, domingos o festivos incluso en vacaciones.
Esto le llevó a deducir que el "hotmoney" significaría para el feliz mortal que lo controlara y almacenara un placentero remanso de paz, tranquilidad y poder.
Al principio, el "pérfido muñidor" intentó zafarse de la presión interior que enervaba su insobornable autonomía, pero acabó admitiendo el constante pensamiento y acopio de "hotmoney" como algo propio, inherente a él mismo; algo suyo que formaba una parte muy íntima de su ser.
También algunos de sus escuderos empezaron a admirar el "hotmoney" como se admiran las cosas gratificantes y poderosas que luego aparentemente no dejan huella, sintiendo en su presencia, en su fragancia, en su tacto una emoción estética que sólo disipaba la presencia del "gurú de los royaltys" (el maestro).
Una tarde, en secreto y aprovechando la ausencia del maestro, hablaron y pensaron en un alijo de "hotmoney" sin su consentimiento, pero rápidamente el "truhán currutaco" y el "rocker de los llanicos" desviaron la conversación acojonados - ¿qué será de nosotros si el arreglista canta?.
- !No por dios! Seamos sensatos -sugirieron las concubinas-.
Hacía solo dos semanas del último alijo y ya les costaba sangre, sudor y lágrimas apartar el "hotmoney" de sus mentes.
Entornaron los ojos al hablar y apretaron los dientes, les costaba grandes esfuerzos expresarse y contenerse.
- ¿os acordáis? -Dijo el popeye - cerrad los ojos otra vez...
¿lo veis? ¿sentís su tacto? ¿su fragancia? ¿acariciáis el "hotmoney?
-!Si... Si... Si...! Ya lo tengo, lo estrujo entre mis manos - expresó el "pointer" atemperando su disfasia.
Gritando, el "empanadilla" dijo exaltado y gesticulando como un showman -!qué placer!, !Qué orgasmo!... Quiero... Quiero...
La satisfacción, el delirio, el frenesí, el éxtasis estalló en sus mentes endiosadas y en sintonía… eran una piña...
…Cuando de repente, se abrió la puerta, y un grito desgarrador emanante de un rostro en ignición y de un cuerpo en estado de horripilación sentenció:
-!la exclusiva es mía!...
Rubén González.
Continuará...
Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego